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Cuando los negocios salen de la sala de reuniones

Hay una pregunta que casi ningún empresario se hace, pero debería: ¿Cuánto tiempo hace que solo hablas con gente que piensa igual que tú?

Piénsalo un momento.

Las mismas reuniones.
Los mismos perfiles.
Los mismos sectores.
Los mismos debates.
Las mismas respuestas.

Y poco a poco, sin darte cuenta, ocurre algo peligroso: construyes una burbuja. Una muy cómoda, por cierto.

Porque la comodidad empresarial tiene una característica curiosa: no duele al principio.

Te acostumbras.

Te acostumbras a escuchar siempre las mismas opiniones.
Te acostumbras a rodearte de gente que ya conoces.
Te acostumbras incluso a repetir las mismas estrategias aunque ya no funcionen igual.

Hasta que un día descubres que el problema no era tu producto.

Ni tu comunicación.

Ni tu estrategia.

El problema era algo mucho más simple: habías dejado de exponerte a conversaciones distintas.

Y quizá ese ha sido uno de los mayores aprendizajes que nos dejaron las últimas semanas.

Porque, curiosamente, dos encuentros aparentemente muy diferentes terminaron hablando exactamente de lo mismo.

De personas.

De conexión.

De futuro.

Y de la necesidad urgente de volver a construir relaciones reales.

Cuando entramos en el IES Santiago Apóstol ocurrió algo que pasa pocas veces: desaparecieron las etiquetas.

La empresa necesita volver a entrar en las aulas

No estaban los empresarios por un lado y los estudiantes por otro.

No estaban los “que saben” y los “que están empezando”.

Había personas.

Personas compartiendo experiencias, dudas, errores y aprendizajes.

Y eso tiene mucho más valor del que parece.

Porque llevamos demasiado tiempo hablando de emprendimiento como si fuera una asignatura.

Y emprender no es una asignatura.

Emprender es una actitud.

Es aprender a convivir con la incertidumbre.

Es equivocarse.

Es escuchar.

Es caer y volver.

Pero, sobre todo, emprender es entender que nadie llega lejos encerrado en su propio mundo.

Y quizá por eso mirar a los jóvenes produce algo que muchos empresarios necesitamos de vez en cuando:

Nos obliga a hacernos preguntas incómodas.

Ellos todavía preguntan sin miedo.

Preguntan cosas que rompen estructuras.

Preguntan sin filtros.

Y en un momento en el que muchos empresarios corren el riesgo de convertirse en expertos que ya creen saberlo todo, eso tiene un valor enorme.

Porque hay algo más peligroso que no saber.

Creer que ya no tienes nada que aprender.

Días después ocurrió algo parecido.

Pero en otro escenario completamente distinto.

El deporte y la empresa tienen mucho más en común de lo que creemos

Un encuentro empresarial junto al Club de Negocios del Betis y el CD Extremadura.

Y allí volvió a aparecer la misma sensación.

Porque detrás de los escudos, los sectores o los cargos, había una realidad evidente:

Nadie llega lejos solo.

Y es curioso porque seguimos empeñados en hablar de empresa como si fuese una competición individual.

Como si el éxito fuera una carrera donde uno corre más rápido que el resto.

Pero cualquiera que haya convivido con el deporte sabe una verdad sencilla:

Nadie gana un partido solo.

Detrás de cualquier resultado hay personas.

Hay entrenadores.

Hay compañeros.

Hay alguien que te exige.

Hay alguien que te corrige.

Hay alguien que te empuja cuando tú ya no puedes.

Y en la empresa ocurre exactamente lo mismo.

Solo que a veces lo olvidamos.

Nos encerramos tanto en el día a día que acabamos pensando que pedir ayuda es debilidad.

Que colaborar es perder protagonismo.

Que compartir oportunidades es un riesgo.

Y quizá el verdadero riesgo sea exactamente el contrario.

Seguir creyendo que podemos hacerlo todo solos.

Vivimos en una época obsesionada con parecer.

La visibilidad de verdad nunca fue postureo

Parecer exitoso.

Parecer ocupado.

Parecer relevante.

Y eso ha generado una generación empresarial donde muchas veces importa más salir que estar.

Más enseñar que construir.

Más ruido que profundidad.

Pero la visibilidad que realmente mueve negocios funciona diferente.

La visibilidad de verdad no nace cuando apareces mucho.

Nace cuando alguien te recomienda.

Cuando alguien habla de ti en una conversación en la que tú no estás.

Cuando tu nombre aparece porque tu forma de hacer las cosas dejó huella.

Y eso no se compra.

No se automatiza.

No se inventa.

Eso nace de algo mucho más simple:

Integridad.

Honestidad.

Cumplir la palabra.

Escuchar.

Aportar valor antes de pedir nada.

Porque las empresas que permanecen no son las que más gritan.

Son las que generan confianza.

Tal vez hemos entendido mal muchas cosas.

Quizá el verdadero networking nunca fue hacer contactos

Quizá el networking nunca fue coleccionar tarjetas.

Ni sumar seguidores.

Ni llenar agendas.

Quizá siempre fue algo mucho más humano.

Salir de tu burbuja.

Escuchar a alguien distinto.

Sentarte con quien piensa diferente.

Y entender que una conversación puede cambiar una estrategia.

O incluso una forma de ver la empresa.

Porque a veces el crecimiento no llega desde una gran campaña.

Ni desde una inversión enorme.

Ni desde una idea brillante.

A veces llega de una mesa.

De una conversación.

De un estudiante.

De un empresario.

De un deportista.

O de alguien que aparece donde menos lo esperabas.

Y quizá ahí esté la verdadera lección.

Que los negocios, cuando tienen sentido, siempre empiezan igual: con personas.

JUAN CARLOS NAVIA

COMISIÓN COMUNICACIÓN GEN